FLORENCIA BOHTLINGK
Textos Florencia Böhtlingk llegó a la jungla por curiosidad y al arte por amor, y quizás no hayan sido dos recorridos distintos, sino uno solo. En el año 1992 viajó junto a su esposo a los Saltos del Moconá, unas cataratas en miniatura emplazadas sobre el río Uruguay, en uno de los últimos rincones de la Argentina y no muy lejos de una ciudad llamada El Soberbio, en la provincia de Misiones. Su pareja, que trabajaba en la oficina administrativa de un supermercado, había leído en una revista Weekend sobre el espectáculo de agua y selva que se ofrecía en el Moconá: eran tiempos en los que el turismo aventura era un rubro pequeño y las camionetas 4x4 no se habían expandido, y para ir a pasear a la selva había que tener, de verdad, muchas ganas. En El Soberbio, Böhtlingk y su marido descubrieron que había un solo hotel, ocupado por comerciantes de maderas, y varias chacras pobladas por colonos brasileros que habían cruzado el río con una canoa, acompañados por su mujer y una vaca, para asentarse en algunas de las tierras libres de la orilla argentina. El paisaje, verde y vivo, salvaje e infinito, deslumbró a Böhtlingk. Tenía 26 años. “Llegué a la pintura a través de un amor y un deslumbramiento por la naturaleza”, dice ahora sobre esos dos recorridos que son uno. El campo ya había sido uno de los escenarios de su vida. Su tatarabuelo, un Böhtlingk ruso de origen alemán, había cambiado San Petersburgo por Entre Ríos. Ese Böhtlingk llegó a la Argentina para abrir un frigorífico y, después de algunos años, lo vendió y se hizo de un campo santafesino en Las Rosas, a un centenar de kilómetros de Rosario. Su tataranieta, Florencia, se crió intercalando temporadas de espléndidos atardeceres pampeanos con días escolares en el colegio Michael Ham, de Vicente López. Una entre siete hermanos, dada a la contemplación sensible. “Soy de por acá”, sigue. Desde un balcón alto de su casa, Böhtlingk contempla la reserva ecológica municipal que está allá afuera, mientras se cubre del sol intenso con un sombrero piluso y achina sus ojos azules. Este es uno de los paisajes más bellos de San Isidro, con los árboles entre los matorrales y el fluctuante río plateado. Cuando dice “por acá”, ella se refiere a los suburbios del norte de la ciudad de Buenos Aires, pero también a los espacios agrestes como esta reserva, como ese campo santafesino, como aquella selva misionera. Estar en la naturaleza está en su naturaleza. En 1993, un año después de descubrir los Saltos del Moconá, Böhtlingk y su esposo compraron un terreno en El Soberbio y en 1999 abrieron una posada llamada “La bonita”. Un poco más tarde, Böhtlingk, que por entonces pintaba al óleo, se dio cuenta de que no iba a poder retratar la jungla con sus técnicas conocidas, sino con ideas nuevas y con una geometría del dibujo a lo Paul Klee. Después, y durante varios años, desarrolló una obra pictórica sobre la selva misionera. Aunque pinta sus cuadros en su casa de Buenos Aires, los bocetos vienen de El Soberbio. “Bajo y tiro en cuadernitos, con birome, pincel o marcador”, dice. “Pasa un bicho o una cotorra y la dibujo; estoy charlando con alguien y lo dibujo; veo una escena, la compongo, queda y la paso a una tela grande. Le tiro con carbonilla, le hago una base de un color, otra base, y voy metiendo capas y capas”. Sus cuadros de la serie “La vida en la selva” relucen en todas las tonalidades del verde, pero también muestran aguas amarillas, plantas rojas, mariposas violetas y animales purpúreos. “La vida en la selva” es una saga de obras pintadas entre 2002 y 2006, pero todavía hoy –cuando Böhtlingk agregó a su obra series sobre el Río de la Plata, su propia rutina, los amigos y hasta los hombres africanos; y pasó los 50 años y superó la crisis existencial que vino con ellos– la jungla aparece en su trabajo. Basta echar un vistazo a su taller, que es una habitación luminosa en los altos de su casa, con ese balcón que mira a la reserva ecológica y al río. A la izquierda de su escritorio cuelga un cuadro con una jungla verde y negra; a la derecha, uno con árboles y cerros en celeste y en magenta, que parecen traídos de una visión infrarroja. “Hay miles y miles de seres viviendo ahí en la selva”, dice ella. “¡Es como la ciudad! Todos tratando de convivir sin enquilombarse”. Böhtlingk se separó de su pareja en 2004 –mientras pintaba la serie de “La vida en la selva”–, pero se quedó con una parte de la posada. No la abrió al público, sino que la hizo su segundo hogar: un sitio frente a otra reserva (la de Yabotí) con una vista que ella describe como “una proyección de cerros y más cerros”. Hace poco, Böhtlingk decidió retratar ese terruño con Colonos de la flor, un documental sobre la gente que vive ahí y el surgimiento de las chacras en la selva virgen. “Estoy viendo si cambio el final o lo dejó como está”, dice. Su primera película es un nuevo ejercicio de mirada sobre la selva, que llegó cuando la pintura dejó de ser suficiente. “Yo quería contar la historia de la gente, con su buena onda y sus cuentos”, dice. “Y sentía que la pintura no alcanzaba como medio, y ahí es donde me vino la frustración”. De ese agujero salió con una revelación que un astrólogo le hizo con una carta natal: muchos de los planetas que orbitaban en torno a Böhtlingk servían para trabajar con más gente, en equipo. “¡Y yo pintaba sola desde hacía 30 años!”, dice ella. “Tenía, en ese sentido, una energía desperdiciada”. Colonos de la flor es una respuesta. En cuanto a la pintura, mientras haya árboles de pie, ella los pintará. “Estaba esperando encontrarme con la pintura en otro lado, y también que la pintura me buscara a mí”, dice por último Böhtlingk, que es de Piscis –un signo al que, irremediablemente y según los horóscopos de Internet, le gusta soñar en soledad. Javier Sinay ---------------------------------------------
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Textos Florencia Böhtlingk llegó a la jungla por curiosidad y al arte por amor, y quizás no hayan sido dos recorridos distintos, sino uno solo. En el año 1992 viajó junto a su esposo a los Saltos del Moconá, unas cataratas en miniatura emplazadas sobre el río Uruguay, en uno de los últimos rincones de la Argentina y no muy lejos de una ciudad llamada El Soberbio, en la provincia de Misiones. Su pareja, que trabajaba en la oficina administrativa de un supermercado, había leído en una revista Weekend sobre el espectáculo de agua y selva que se ofrecía en el Moconá: eran tiempos en los que el turismo aventura era un rubro pequeño y las camionetas 4x4 no se habían expandido, y para ir a pasear a la selva había que tener, de verdad, muchas ganas. En El Soberbio, Böhtlingk y su marido descubrieron que había un solo hotel, ocupado por comerciantes de maderas, y varias chacras pobladas por colonos brasileros que habían cruzado el río con una canoa, acompañados por su mujer y una vaca, para asentarse en algunas de las tierras libres de la orilla argentina. El paisaje, verde y vivo, salvaje e infinito, deslumbró a Böhtlingk. Tenía 26 años. “Llegué a la pintura a través de un amor y un deslumbramiento por la naturaleza”, dice ahora sobre esos dos recorridos que son uno. El campo ya había sido uno de los escenarios de su vida. Su tatarabuelo, un Böhtlingk ruso de origen alemán, había cambiado San Petersburgo por Entre Ríos. Ese Böhtlingk llegó a la Argentina para abrir un frigorífico y, después de algunos años, lo vendió y se hizo de un campo santafesino en Las Rosas, a un centenar de kilómetros de Rosario. Su tataranieta, Florencia, se crió intercalando temporadas de espléndidos atardeceres pampeanos con días escolares en el colegio Michael Ham, de Vicente López. Una entre siete hermanos, dada a la contemplación sensible. “Soy de por acá”, sigue. Desde un balcón alto de su casa, Böhtlingk contempla la reserva ecológica municipal que está allá afuera, mientras se cubre del sol intenso con un sombrero piluso y achina sus ojos azules. Este es uno de los paisajes más bellos de San Isidro, con los árboles entre los matorrales y el fluctuante río plateado. Cuando dice “por acá”, ella se refiere a los suburbios del norte de la ciudad de Buenos Aires, pero también a los espacios agrestes como esta reserva, como ese campo santafesino, como aquella selva misionera. Estar en la naturaleza está en su naturaleza. En 1993, un año después de descubrir los Saltos del Moconá, Böhtlingk y su esposo compraron un terreno en El Soberbio y en 1999 abrieron una posada llamada “La bonita”. Un poco más tarde, Böhtlingk, que por entonces pintaba al óleo, se dio cuenta de que no iba a poder retratar la jungla con sus técnicas conocidas, sino con ideas nuevas y con una geometría del dibujo a lo Paul Klee. Después, y durante varios años, desarrolló una obra pictórica sobre la selva misionera. Aunque pinta sus cuadros en su casa de Buenos Aires, los bocetos vienen de El Soberbio. “Bajo y tiro en cuadernitos, con birome, pincel o marcador”, dice. “Pasa un bicho o una cotorra y la dibujo; estoy charlando con alguien y lo dibujo; veo una escena, la compongo, queda y la paso a una tela grande. Le tiro con carbonilla, le hago una base de un color, otra base, y voy metiendo capas y capas”. Sus cuadros de la serie “La vida en la selva” relucen en todas las tonalidades del verde, pero también muestran aguas amarillas, plantas rojas, mariposas violetas y animales purpúreos. “La vida en la selva” es una saga de obras pintadas entre 2002 y 2006, pero todavía hoy –cuando Böhtlingk agregó a su obra series sobre el Río de la Plata, su propia rutina, los amigos y hasta los hombres africanos; y pasó los 50 años y superó la crisis existencial que vino con ellos– la jungla aparece en su trabajo. Basta echar un vistazo a su taller, que es una habitación luminosa en los altos de su casa, con ese balcón que mira a la reserva ecológica y al río. A la izquierda de su escritorio cuelga un cuadro con una jungla verde y negra; a la derecha, uno con árboles y cerros en celeste y en magenta, que parecen traídos de una visión infrarroja. “Hay miles y miles de seres viviendo ahí en la selva”, dice ella. “¡Es como la ciudad! Todos tratando de convivir sin enquilombarse”. Böhtlingk se separó de su pareja en 2004 –mientras pintaba la serie de “La vida en la selva”–, pero se quedó con una parte de la posada. No la abrió al público, sino que la hizo su segundo hogar: un sitio frente a otra reserva (la de Yabotí) con una vista que ella describe como “una proyección de cerros y más cerros”. Hace poco, Böhtlingk decidió retratar ese terruño con Colonos de la flor, un documental sobre la gente que vive ahí y el surgimiento de las chacras en la selva virgen. “Estoy viendo si cambio el final o lo dejó como está”, dice. Su primera película es un nuevo ejercicio de mirada sobre la selva, que llegó cuando la pintura dejó de ser suficiente. “Yo quería contar la historia de la gente, con su buena onda y sus cuentos”, dice. “Y sentía que la pintura no alcanzaba como medio, y ahí es donde me vino la frustración”. De ese agujero salió con una revelación que un astrólogo le hizo con una carta natal: muchos de los planetas que orbitaban en torno a Böhtlingk servían para trabajar con más gente, en equipo. “¡Y yo pintaba sola desde hacía 30 años!”, dice ella. “Tenía, en ese sentido, una energía desperdiciada”. Colonos de la flor es una respuesta. En cuanto a la pintura, mientras haya árboles de pie, ella los pintará. “Estaba esperando encontrarme con la pintura en otro lado, y también que la pintura me buscara a mí”, dice por último Böhtlingk, que es de Piscis –un signo al que, irremediablemente y según los horóscopos de Internet, le gusta soñar en soledad. Javier Sinay ---------------------------------------------